
Esta tarde, mientras hacía mi hora y media de bicicleta estática, y conectado mi televisor con Youtube, he visto un reportaje de los pueblos medievales más bonitos de España. Y sí, alguno maravilloso, como por ejemplo Cudillero en Asturias, donde tengo una pequeña vivienda cercana a su puerto.
Pero lo que me ha llamado la atención de entre todas las regiones peninsulares, son los cuatro pueblos catalanes que el reportaje ofrecía, todos ellos pequeños. Esos lugares casi desconocidos que cuando lo que uno tiene ganas de descansar y alejarse del bullicio de las ciudades, son una maravilla. Y lo sorprendente de estos pueblos catalanes no es que en sus castillos, o murallas, o balcones, estuviera ondeando la senyera, la bandera nacional catalana, lo cual es comprensible, sino que al margen de no ver ninguna española, la que prevalecía era la estelada, la separatista para entendernos.
Y yo, que suelo colocarme en el lugar del otro para intentar comprenderlo y sentir cómo piensa, he entendido que esos ciudadanos catalanes, que no se sienten para nada españoles, hayan de tener esta condición por imposición y decisiones que les afectan pero no nacen de ellos. Y no gustándome el separatismo, porque entiendo que es mejor la unión (la unión hace la fuerza se dice) aunque sé diferenciarla perfectamente de la uniformidad que se intenta establecer con la “España UNA”, y que es posible estar unidos en un mismo fin con diferentes ideas, sensibilidades y sentimientos, he pensado lo triste que deben estar estas personas que no pueden, por motivos del poder político y militar, organizarse como la nación independiente que desean, al margen de que una vez independientes se unieran a participar en un mismo viaje y un mismo fin con España, como ya lo hicieron con Aragón y con España en tiempos pretéritos antes de tomar el Borbón Felipe V por la fuerza y bombardear su territorio.
*