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La OTAN ha dejado de existir. Más vale hacerse a la idea. Formalmente, nadie la ha disuelto. Su cuartel general sigue funcionando en Bruselas, su estructura política y militar sigue intacta, su secretario general, el holandés Mark Rutte, sigue cumpliendo aplicadamente su papel de voz de su amo. Pero es una cáscara vacía, una organización en estado de muerte cerebral. Lo avanzó con estas mismas palabras -visionario o provocador- el presidente francés, Emmanuel Macron, en un ya lejano 2019. Ahora se trata de un hecho consumado. La defensa mutua entre sus miembros, piedra angular de la creación en 1949 de la Alianza Atlántica -integrada en la época por una docena de países, ampliada hoy a 32-, ha saltado por los aires. Rusia tiene de qué congratularse.
Estados Unidos, la superpotencia que impulsó la OTAN, no solo no está dispuesto a defender a ninguno de sus teóricos aliados -ya ha dado señales de ello-, sino que está determinado a arrebatarle a uno de ellos parte de su territorio (la isla ártica de Groenlandia a Dinamarca) aduciendo discutibles motivos de seguridad. Y por la fuerza, llegado el caso. No es necesario esperar a que esto ocurra para certificar que la confianza se ha roto definitivamente. Y que la cláusula de defensa mutua contenida en el artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte -invocada una única vez, cuando EE.UU. pidió la ayuda de sus aliados tras los atentados terroristas del 11-S del 2001- ha quedado vacía de contenido.
Los forenses determinarán en qué momento se produjo el deceso de la OTAN, el día exacto en que su cerebro -pese a que el corazón seguía latiendo- arrojó un encefalograma plano. Una de las fechas posibles es la del 14 de enero de 2026. Este miércoles, los ministros de Exteriores de Dinamarca y Groenlandia, Lars Løkke Rasmussen y Vivian Motzfeldt, acudieron en misión imposible a Washington para tratar de frenar las ansias anexionistas del presidente Donald Trump. En vano.
Tras reunirse durante algo menos de una hora con el vicepresidente, J.D. Vance, y el secretario de Estado, Marco Rubio, los semblantes de los expedicionarios europeos transmitían la más absoluta desolación. No había pacto posible. Todas las ofertas de cooperación puestas sobre la mesa por Copenhague y Nuuk para tratar de satisfacer la voracidad norteamericana fueron barridas. Solo cabía constatar -en lenguaje diplomático- un “desacuerdo fundamental”. Más que fundamental, vital. “Está claro que el presidente tiene el deseo de conquistar Groenlandia”, admitió Rasmussen. Conquistar es la palabra.
EE.UU. estaría dispuesto a pagar 700.000 millones de dólares por la compra de Groenlandia
La reunión, a puerta cerrada esta vez -a diferencia de la encerrona pública que sufrió el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, en la Casa Blanca en febrero de 2025-, debió ser extremadamente dura. Las malas maneras de J.D. Vance, convertido en el adalid más fanático del trumpismo, son de sobras conocidas ya por los europeos. Al día siguiente, la ministra de Exteriores groenlandesa, Vivian Motzfeldt, se vino abajo durante una entrevista en directo por televisión: “Estoy abrumada”, confesó.
No se puede decir que Donald Trump no haya sido diáfano en sus intenciones. Antes de la reunión ya había avanzado que cualquier solución que no pasara por ceder a EE.UU. la “propiedad” de Groenlandia era “inaceptable”. Para Washington, el único objetivo plausible de las conversaciones que haya a partir de ahora -ambas partes acordaron crear un grupo de trabajo, una manera de ganar tiempo- es discutir las modalidades de esta cesión territorial. La NBC avanzó en exclusiva que EE.UU. estaría dispuesto a pagar 700.000 millones de dólares (603.000 millones de euros) por la compra de la isla. Solo que Groenlandia no está en venta y los groenlandeses no quieren saber nada de pasar a la órbita estadounidense. Un “desacuerdo fundamental” de difícil salida.
Para la directora del think tank británico Chatham House, Bronwen Maddox, es obvio que la anexión unilateral de Groenlandia por EE.UU. implicaría el fin de la OTAN. Pero ya sin eso considera que “no es exagerado decir que [el desprecio de Trump al Derecho internacional y a los intereses de sus antiguos aliados] es el fin de la alianza occidental”.
Descolocados y desbordados, prisioneros todavía de la inercia de tratar de complacer al amigo americano, los dirigentes europeos se resisten a creerlo y no saben cómo responder. De entrada, lo mejor que se les ha ocurrido para subrayar su solidaridad con Dinamarca, y mostrar su determinación de implicarse en la defensa de Groenlandia, ha sido enviar tropas a la isla para participar en un breve ejercicio militar. Pero su número ha sido tan exiguo -poco más de una treintena de soldados de Alemania, Francia, Noruega, Reino Unido y Suecia- que el resultado de la operación amenaza con proyectar la imagen contraria.
Emmanuel Macron dice estar dispuesto a enviar en los próximos días apoyo terrestre, aéreo y naval a la isla, y ha advertido que si la soberanía de Dinamarca se viera afectada, “las consecuencias en cadena serían inéditas”. En la mente del presidente francés estaba a buen seguro la ruptura de la alianza histórica con EE.UU. y acaso potenciales represalias. En caso de una invasión norteamericana de Groenlandia, los europeos podrían aprobar sanciones económicas o comerciales contra Washington, lo que no es poca cosa, pero tampoco irían más allá. No está en la mente ni el ánimo de nadie un choque militar. Ya lo dijo con jactancia hace una semana el subjefe de gabinete de la Casa Blanca, Stephen Miller: “Nadie combatirá contra EE.UU. por el futuro de Groenlandia”.
La situación ha propiciado que vuelva a salir a la superficie la idea de crear un auténtico ejército europeo, una añeja aspiración -defendida históricamente por países como Francia- que siempre ha sido abortada por quienes veían en ello un caballo de Troya dentro de la OTAN. El comisario europeo para la Defensa, Andrius Kubilius, rescató esta semana la propuesta de crear un ejército europeo dotado con 100.000 efectivos, que vendría a cubrir el vacío que dejarían -llegado el caso- los norteamericanos si retiraran sus fuerzas del continente. Y el ministro español de Exteriores, José Manuel Albares, abogó por avanzar en este objetivo a través de un primer grupo de países -una especie de “coalición de voluntarios”, siguiendo el mecanismo de la cooperación reforzada- para evitar que una minoría pueda frenar o bloquear la iniciativa.
Pero aún estamos muy lejos de eso. De hecho, la propuesta -más modesta- de crear la llamada Capacidad de Despliegue Rápido europea (RDC, en sus siglas en inglés) con hasta 5.000 efectivos, aprobada en 2022, no empezó a ser operativa hasta el año pasado. Y aún con importantes condicionantes, pues su despliegue requiere la unanimidad de los Estados miembros, lo que coarta la rapidez con que podría entrar en acción.
A finales de 1941, en plena Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos y Francia tuvieron un encontronazo parecido al que hoy afecta a Groenlandia a propósito del territorio francés de Saint-Pierre-et-Miquelon, un pequeño archipiélago situado frente a las costas de la isla canadiense de Terranova. En el hemisferio occidental, por tanto, ese cuyo dominio EE.UU. reclama para sí desde la época de la doctrina Monroe.
En Saint-Pierre-et-Miquelon había una importante estación de radio y las potencias aliadas -EE.UU. Canadá y Reino Unido- temían que el territorio, bajo control en aquel momento del régimen pronazi de Vichy, pudiera ser utilizado en favor de las potencias del Eje -Alemania, Italia y Japón-, por lo que se planteaban una invasión. Para evitar la intervención norteamericana, el general De Gaulle, jefe de las fuerzas de la Francia Libre, decidió avanzarse y, sin avisar a nadie, envió una pequeña flota para desalojar a los vichystas y tomar el mando. Eso no gustó nada en Washington. El Gobierno de EE.UU., presidido por Franklin D. Roosevelt, instó a los franceses a desalojar militarmente el archipiélago y cederle el control. Pero el general francés se negó en redondo y advirtió que sus fuerzas abrirían fuego si alguien intentaba ocupar el territorio por la fuerza. Los estadounidenses acabaron renunciando.
Rememorando aquel hecho histórico, el ensayista Raphaël Llorca subrayaba estos días en Le Grand Continent -boletín del Grupo de Estudios Geopolíticos- que la fuerza no la dan solo las armas: “El primer poder es gramatical. Consiste en nombrar la línea roja, hacerla inteligible, enunciarla irrevocablemente. De Gaulle no ‘gana’ porque sea más fuerte, gana porque se niega a hablar como un vasallo”, escribe. Las similitudes entre los casos de Groenlandia y de Saint-Pierre-et-Miquelon acaban aquí. Porque Trump no es Roosevelt. Y Europa no tiene a ningún De Gaulle.