LA MENDICIDAD
Para mí resulta triste y doloroso ver a una persona mendigando. Esta imagen no debiera darse nunca en una sociedad avanzada, pues ésta debiera atender a aquellas personas que por diversas circunstancias no alcanzan el mínimo necesario para vivir con dignidad.
En los años en que el turismo masivo comenzaba en España, los años 50, en mi ciudad, Alacant, que ya recibía turistas de todas partes, las autoridades de aquellas épocas, el franquismo puro y duro, llegado el verano a todo mendigo que estuviera en la ciudad los trasladaba a la cumbre del castillo de Santa Bárbara, una antigua fortaleza militar, y allí los tenía hasta que el estío acababa y el turismo internacional volvía a sus residencias. Si duele ver a una persona pedir limosna, más me dolía ver aquellas imágenes de pobres gentes conducidas por la policía a esconderlas de la vista del turista, y entonces yo solo era adolescente.
No cabe duda de que la sangre árabe está en muchos españoles, y el árabe, por su cultura religiosa, necesita ver a necesitados pidiendo limosna ya que al entregarla, el que tiene, se congracia con su dios, y cree alcanzar un peldaño más cerca del cielo en el que cree y espera llegar un día. Aquí también parece sentirse esa necesidad, porque, incluso, aquel que se considera rico, no se considera tanto si no ve necesitados a su alrededor, a cuantos más pobres entienda él se cree más rico. Que esto es una idiotez no me cabe la menor duda, pero hay tanto idiota en el mundo…
Hay idiotas, y gente despiadada, que en vez de dolerle la desgracia ajena le satisface, como también hay mucha picaresca, y no todo el que se sienta en una esquina y tiende el brazo es por necesidad, sino porque no le gusta el trabajo y con tal de no esforzarse se mantiene con lo mínimo, y la dignidad no le funciona.
Tampoco se trata de dar subvenciones a troche y moche y a quien no ha trabajado en su vida (incluso aquí entraría el señor Abascal) aunque también es verdad que hay personas que no han trabajado en un taller, el campo, una oficina o cualquier otro lugar, pero sí lo han hecho en casa propia, cuidando y criando a sus hijos, o a sus mayores, y deben tener un reconocimiento de la sociedad y del Estado y recibir en su vejez una paga digna. Así lo creo, pero el detalle de no ver a un español mendigando en la puerta de una iglesia, de un comercio, de una esquina, será señal de que lo han hecho bien los políticos, y que no es, como tantas otras veces, un señuelo para cazar pardillos que le den el voto al creerles justos, comprensivos, y sensatos. Yo no me fío, porque además de mi desconfianza natural, tengo experiencia por lo visto durante tantos años...
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