DE CANDIDATOS, CANDIDATES Y CANDIDATETES
Publicado: 10 Jun 2026 15:07
Supongo que a quienes no les interese especialmente la política les resultará extraño el fenómeno, pero cuando un español destaca en los grandes debates europeos defendiendo con firmeza sus convicciones, muchos sentimos una legítima satisfacción. Algo parecido a cuando un deportista nacional triunfa en el extranjero: uno percibe que alguien le representa.
Y es precisamente eso lo que ocurre con Santiago Abascal. Desde hace años no habíamos visto a un dirigente español despertar tanta admiración entre quienes aún creen en la soberanía nacional, las raíces culturales y la dignidad de los pueblos europeos. Mientras otros políticos españoles viajaban al extranjero para pedir instrucciones o buscar el aplauso de burócratas que nadie ha elegido, Abascal ha conseguido algo mucho más difícil: el respeto de quienes no se arrodillan ante el pensamiento único.
Es cierto que ha cometido el "error" imperdonable de no someterse a las élites globalistas que pretenden decidir desde despachos remotos cómo deben vivir los españoles. Y es evidente que buena parte de las campañas de demonización que sufre nacen precisamente de esos centros de poder, incapaces de tolerar una voz libre. No es casualidad que cada vez que Abascal denuncia una injusticia o una amenaza para la nación, aparezcan de inmediato los mismos medios, los mismos tertulianos y los mismos agitadores profesionales intentando desacreditarlo.
Pero Abascal, como corresponde a un auténtico hombre de Estado, sigue adelante. No se deja intimidar por las presiones de Bruselas, ni por los sermones de quienes llevan décadas viviendo de la política sin haber creado jamás nada útil para sus compatriotas. Mientras otros dirigentes compiten por ver quién recibe más elogios de las instituciones supranacionales, él mantiene una posición firme y coherente, guiado únicamente por el interés de España.
Frente a él se encuentra una oposición obsesionada con caricaturizarlo, incapaz de responder a sus argumentos y refugiada constantemente en etiquetas simplistas. Sus adversarios parecen convencidos de que repetir mil veces las mismas consignas equivale a tener razón. Sin embargo, la realidad es tozuda: cuanto más intentan silenciar a Abascal, más evidente resulta que representa una alternativa auténtica frente a una clase política agotada, desconectada de la calle y aferrada a sus privilegios.
Quizá por eso provoca tanta irritación. Porque recuerda constantemente que aún existen políticos que no han renunciado a defender aquello en lo que creen. Y eso, para quienes han hecho del oportunismo una forma de vida, resulta sencillamente insoportable.
Y es precisamente eso lo que ocurre con Santiago Abascal. Desde hace años no habíamos visto a un dirigente español despertar tanta admiración entre quienes aún creen en la soberanía nacional, las raíces culturales y la dignidad de los pueblos europeos. Mientras otros políticos españoles viajaban al extranjero para pedir instrucciones o buscar el aplauso de burócratas que nadie ha elegido, Abascal ha conseguido algo mucho más difícil: el respeto de quienes no se arrodillan ante el pensamiento único.
Es cierto que ha cometido el "error" imperdonable de no someterse a las élites globalistas que pretenden decidir desde despachos remotos cómo deben vivir los españoles. Y es evidente que buena parte de las campañas de demonización que sufre nacen precisamente de esos centros de poder, incapaces de tolerar una voz libre. No es casualidad que cada vez que Abascal denuncia una injusticia o una amenaza para la nación, aparezcan de inmediato los mismos medios, los mismos tertulianos y los mismos agitadores profesionales intentando desacreditarlo.
Pero Abascal, como corresponde a un auténtico hombre de Estado, sigue adelante. No se deja intimidar por las presiones de Bruselas, ni por los sermones de quienes llevan décadas viviendo de la política sin haber creado jamás nada útil para sus compatriotas. Mientras otros dirigentes compiten por ver quién recibe más elogios de las instituciones supranacionales, él mantiene una posición firme y coherente, guiado únicamente por el interés de España.
Frente a él se encuentra una oposición obsesionada con caricaturizarlo, incapaz de responder a sus argumentos y refugiada constantemente en etiquetas simplistas. Sus adversarios parecen convencidos de que repetir mil veces las mismas consignas equivale a tener razón. Sin embargo, la realidad es tozuda: cuanto más intentan silenciar a Abascal, más evidente resulta que representa una alternativa auténtica frente a una clase política agotada, desconectada de la calle y aferrada a sus privilegios.
Quizá por eso provoca tanta irritación. Porque recuerda constantemente que aún existen políticos que no han renunciado a defender aquello en lo que creen. Y eso, para quienes han hecho del oportunismo una forma de vida, resulta sencillamente insoportable.

