Jerry Lewis
ENTRE LA GENIALIDAD Y LA INDIFERENCIA
Cuando dirijo, hago de padre; cuando escribo hago de hombre; cuando actúo hago de idiota”, dijo alguna vez Jerry Lewis; una definición tan breve como exacta que sirve para describir la carrera de este cómico genial, quizás el más importante que haya dado el cine después de Charles Chaplin, y un director audaz y extremadamente vanguardista. Una estrella de la que Hollywood siempre ha renegado, por considerarlo tan solo un payaso, un actor menor y un director sin gracia, calificativos que, sin embargo, no comparten en buena parte de Europa, sobre todo en Francia, donde es aclamado y venerado como un genio del séptimo arte en todas sus áreas. Si hasta el revolucionario director y crítico de cine francés Jean-Luc Godard, lo elogió cuando dijo en la década del ’60 que “en los Estados Unidos, el único que sabe lo que hace es Jerry Lewis y él es conciente de ello”.
Director, productor, guionista y protagonista de sus propios films, Lewis, que desde muy joven encontró la fama a partir de su exitoso dúo cómico-musical con Dean Martín, se anticipó a varios talentos del cine, porque desde Mel Brooks a Roberto Benigni, pasando por el mismísimo Woody Allen, todos le copiaron cosas. Quizás fue demasiado atrevido e innovador para la época en que filmó sus películas, algo que en su país no supieron, o no quisieron, reconocer; tal es así que a pesar de que sus films fueron grandes éxitos de taquilla, tanto en los Estados Unidos como en el exterior, y que reflejó al hombre norteamericano mejor que cualquiera de las películas dramáticas que año tras año saturan la pantalla grande, nunca recibió una nominación al Oscar. Una increíble deuda que la industria mantiene con uno de los cómicos más grandes de la historia. Deuda que intentó subsanar en la entrega de 2009, cuando recibió por parte de la Academia de Hollywood el Premio Humanitario Jean Hersholt, por su labor benéfica.
Su primera realización fue El botones (1960), alabada hasta por el mismo Chaplin, cuyo protagonista no dice una sola palabra hasta el final del film. Después vendrían otras películas como El terror de las chicas (1963), para la cual construyó la escenografía más grande jamás realizada dentro de un estudio: una casa de muñecas en tamaño natural; y Las joyas de la familia (1965), donde interpretó a siete personajes distintos. Pero sin dudas que una de sus películas más aclamadas, y en la cual logró plasmar en pantalla toda su genialidad como comediante, guionista y director fue El profesor chiflado (1963), una notable adaptación del clásico de Robert Louis Stevenson, El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, donde compuso dos personajes inolvidables: el profesor Julius Kelp y el galán desagradable Buddy Love (para algunos una imitación de Dean Martin). Pero no se quedó solo con eso: en ¿Y dónde está el frente? (1970), ensayó una crítica ácida a la guerra de Vietnam, que se adelantó a las películas de denuncia sobre el tema. También se anticipó a La vida es bella (Roberto Benigni), con el film El día que el payaso lloró (1972), una película dramática, la primera de su carrera, donde interpretaba a un payaso en un campo de concentración en plena Segunda Guerra Mundial, pero la crudeza del tema hizo que la película se archivara terminada y nunca viera la luz. "Está en una bóveda y es ahí en donde debe estar", dijo en una entrevista reciente, sobre el que asume como uno de los mayores errores de su carrera.
En los ‘70, mientras en Europa el reconocimiento hacia su figura era interminable - ganó en ocho oportunidades el premio al mejor director del año - en Estados Unidos su nombre había perdido atractivo para el público. Los jóvenes lo consideraban pasado de moda mientras que la crítica nunca le perdonó su constante experimentación como realizador. Eso, más la falta de apoyo de la industria, terminó por cortar su carrera cinematográfica. El reinado de Jerry Lewis parecía terminado. Solo quedaban los recuerdos de aquel joven que hacía reír con sus increíbles muecas y sus constantes caídas. A partir de entonces, además de dar shows en Las Vegas y hacer algunos programas de televisión, dedicó su tiempo a otra de sus grandes pasiones: la docencia; y con todo lo que rescató de sus clases de cine -480 horas de grabaciones- escribió un libro: El oficio del cineasta, uno de los textos más completos que se hayan escrito sobre la realización cinematográfica.
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