No seré yo quien diga alguna vez que el tiempo pasado fue mejor. Lo que sí diré es que cada tiempo tiene su peculiaridad, y para muchos españoles el pasado de los años 40, recién acabada una cruel guerra que todo el mundo quería olvidar, por supuesto excepto los que se beneficiaron de la misma que no fueron pocos, intentaban por cualquier medio la distracción que ahuyentara de su mente lo ocurrido.
Y continuando con la españolísima costumbre de los teatro ambulantes, hay uno que, por haberlo visitado tantas veces, lo tengo muy presente y lamento haya desaparecido. Me refiero al llamado “Teatro Argentino” que creo era propiedad de unos vascos. Por mi tierra, Alacant, aparecía cercano a la Navidad, y lo teníamos funcionando durante los meses invernales.
Traía un espectáculo que hoy lo calificaríamos de hortera, pero que en aquellos tiempos del hambre y la miseria cualquier cosa que durante un tiempo la hiciera olvidar, bienvenida era. Recuerdo un cómico, creo que murciano, que a su espectáculo que lo iniciaba con chistes más o menos picantes (según entendiera estaba la policía social en el salón o no), lo terminaba con una actuación dramática, que asomaba alguna lágrima en algunos espectadores. Recuerdo también una pareja de cantantes vascos, con aquella canción que decía:
¡Ay Abelardo, a la orilla del río me tienes pescando,
y si no vienes, a la orilla del río pescando me tienes.
No podía faltar el bailarín andaluz con ademanes afeminados, que si desde el salón oía gritar (seguramente como parte de su espectáculo) lo de ¡maricón!, se volvía y decía: —Sí, pero a la salida bien que vienes a buscarme”… La gente con la respuesta reía a mandíbula abierta. Era gente muy sencilla.
Quien se llevaba la palma, aunque no recuerdo su nombre, era la vedette muy descarada, incitando a los maridos con picardía... O la no menos aplaudida que interpretaba coplas como su número ideal de María de las Mercedes que tanto entusiasmaba a las mujeres.
En resumen, que cada época tiene lo suyo. Hoy este espectáculo quizá no tendría gracia, pero para juzgarlo hay que situarse en aquellos tiempos y sociedad tan necesitada del olvido, y estos teatros tenían ese poder.
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