Crónica de un viaje a Corea del Norte

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Shaiapouf
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Crónica de un viaje a Corea del Norte

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Crónica de un viaje al pasado: Corea del Norte vista con los ojos de un turista chino
Miles de turistas chinos visitan cada año el "país ermitaño". Sus percepciones son muy distintas a las de los occidentales. Esto es lo que piensan de sus vecinos.
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Turistas chinos rinden homenaje a un retrato de Kim Il-sung. (Reuters)

Las calles de Pyongyang parecen sacadas de una película de los años 70. La capital norcoreana está llena de eslóganes con grandes letras de color rojo, los viejos coches Lada se paran frente a los semáforos y el metro tiene un reconocido estilo soviético. Los niños pasean de la mano con sus pañuelos rojos colgados del cuello, mientras que los mayores atraviesan las amplias avenidas vestidos con sencillas ropas de color blanco y negro. “Al menos en las ciudades, a los norcoreanos se les ve felices por dentro. También nosotros en China éramos más felices cuando éramos pequeños”, dice la señora Liu, una turista que está de visita en el país. “Antes jugábamos en la calle, hacíamos más deporte y ayudábamos a los discapacitados. Hoy la presión es demasiado grande”, explica esta recién jubilada en relación a las obligaciones laborales y a la fiebre del dinero que se han apoderado del gigante asiático.

Como la señora Liu, más de 200.000 turistas chinos visitan cada año el vecino asiático. Desde 2010, Pyongyang ha flexibilizado la obtención de visados y abierto más zonas a los viajeros, lo que, unido a la cercanía geográfica con China y a los bajos precios, ha provocado un pequeño boom del turismo extranjero en Corea del Norte, que en la primera mitad del 2014 creció un 20%. Además de la curiosidad por entrar en uno de los países más aislados y misteriosos del mundo, para los chinos es lo más parecido a un viaje en el tiempo.

En realidad, ir de vacaciones a Corea del Norte es mucho más fácil de lo que uno se pudiera imaginar en un primer momento. La empresa británica Koryo Tours lleva organizando viajes desde 1993 y actualmente sólo los surcoreanos tienen prohibido entrar al país. El trámite resulta todavía más sencillo (y barato) si se hace con una agencia china. En la ciudad de Dandong, en la frontera con Corea, basta reservar con una semana de antelación y presentarse con el pasaporte un día antes para poder embarcarse en uno de sus frecuentes grupos turísticos. Las agencias chinas tampoco prestan demasiada atención a la posibilidad de que en sus tours se cuele algún periodista (quienes tienen prohibido entrar en el país).

Aunque hay vuelos directos desde varias ciudades chinas, muchos de los grupos turísticos salen de la estación de trenes de Dandong, custodiada en el exterior por una prominente estatua de Mao Zedong. Antes de cruzar la frontera, nos encontramos por primera vez con nuestro guía chino, quien en seguida advierte a los turistas de lo que nos vamos a encontrar al otro lado. “Corea del Norte también es un país socialista, pero China tiene una economía de mercado, mientras que Corea tiene una economía planificada. Así que son países distintos”, dice mientras esperamos la llegada del tren.

Cruzar un río y retroceder medio siglo

Corea del Norte se encuentra al otro lado del río Yalu, separado por un puente que se cruza en unos pocos segundos en tren. En la orilla china, la ciudad de Dandong está repleta de edificios de más de veinte plantas, luces de neón, anuncios de telefonía 4G y una amplia avenida por la que circulan centenares de coches. La parte norcoreana, donde comenzamos a vislumbrar la ciudad de Sinoiju, es una enorme mancha verde de vegetación, prácticamente sin viviendas mirando al río y donde decenas de niños se bañan en una humilde piscina. “Los norcoreanos tienen que tener mucha envidia. Fíjate, a ese lado está Corea, y al otro lado está China”, dice en medio del puente Zou Nan, un veinteañero que trabaja en Pekín.

Una vez que hemos pasado la frontera, el tren se detiene y varios policías norcoreanos comprueban nuestros pasaportes y revisan nuestro equipaje. Hasta hace unos años, los turistas tenían prohibido entrar al país con móviles o cámaras de fotos, pero hoy (salvo en algunos circuitos) los únicos artículos prohibidos son prismáticos y objetivos de cámara de más de 200 milímetros (además de libros críticos con el régimen o DVD surcoreanos). El proceso de revisión de nuestros documentos se extiende durante dos horas, agotando la paciencia de algunos turistas chinos. “En este tiempo de espera podríamos haber llegado a Guangzhou”, exagera Zou Nan en referencia a las líneas de alta velocidad construidas en los últimos años por China y a una ciudad que se encuentra a casi 3.000 kilómetros de distancia.

Una vez que llegamos a Pyongyang, los chinos comienzan a pensar que el vagón de tren era en realidad una máquina del tiempo. “Esto es más o menos como en los años 60 en China. La gente entonces sólo vestía de color verde o gris”, dice un turista chino que hoy tiene 58 años. “Pero creo que aquí son un poco más radicales. Incluso durante la Revolución Cultural [1966-1976], en la ciudad de Nanjing podías ver tiendas y sus letreros por las calles. Aquí, sin embargo, no las ves o están muy escondidas”, explica.

Parte del encanto que Corea del Norte parece ejercer en los turistas chinos se explica precisamente por la velocidad a la que ha cambiado su país y las dificultades que ha provocado en las grandes y congestionadas urbes. En el metro de Pyongyang nadie corre por las escaleras mecánicas, mientras que por las tardes se ven improvisados y sencillos picnics familiares a orillas del río Taedong. “Todo está muy limpio. Hay poca gente y pocos coches por la calle, por eso no tienen contaminación”, dice con envidia una profesora de la provincia de Fujian.

Nuestra visita oficial a Pyongyang comienza al día siguiente, cuando en seguida somos conducidos ante las dos grandes estatuas de bronce de Kim Il-sung y Kim Jong-il. Cientos de norcoreanos hacen cola en la ladera de la montaña para poder rendir culto a los dos políticos que dirigieron el país entre 1948 y 2011. Nuestras dos guías norcoreanas, que hablan un excelente chino y conocen muy bien los códigos culturales del país vecino, nos insisten en la necesidad de comprar flores como muestra de respeto hacia Corea del Norte. Una vez frente a las estatuas, nos organizan en filas y avanzamos en orden. Después de dejar las flores a los pies de los Kim, la guía dice en voz alta que venimos “en nombre del pueblo chino”, y todos los turistas completamos el obligado ritual con una leve inclinación.

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Campesinos norcoreanos fotografiados desde el autobús turístico. (Daniel Méndez)


“Igual nosotros los chinos entendemos mejor este culto a la personalidad, porque durante la Revolución Cultural vivimos algo parecido. En aquella época el tren era gratis, así que todos los jóvenes del país iban hasta Pekín para rendir culto a Mao”, explica Kang Kang, una de las turistas más jóvenes del grupo. “Esto es como en China durante la Revolución Cultural, cuando todo el mundo iba con los pins de Mao”, dice Zou Nan mirando a su alrededor y contemplando como todos los peatones llevan junto a su corazón la imagen de los Kim.

Por la tarde nos espera la montaña Myohyangsan, donde dos grandes edificios (conocidos con el nombre de Exhibición de la Amistad Internacional) contienen los cientos de miles de regalos recibidos por la familia Kim. Durante dos horas y media, las guías nos llevan de sala en sala contemplando las caligrafías, vasijas, pinturas, esculturas y otro tipo de obsequios que las delegaciones extranjeras han entregado a Corea del Norte durante los últimos 65 años. La apoteosis llega en una sala especial donde se coleccionan los regalos que Kim Il-sung recibió después de su muerte. “Hay extranjeros que no saben lo que es la inmortalidad, pero lo comprenden en cuanto entran en esta sala”, dice la guía en un tono muy similar al de los encendidos telediarios que a menudo reproducen los medios occidentales.

El culto religioso y obligado a los Kim no gusta demasiado a los turistas chinos. “Es una pena que les obliguen a rendir culto así a los políticos. Con tal de que estén ahí sus líderes, los norcoreanos están felices”, se queja Yu, un profesor de Matemáticas de la provincia de Henan. “No está bien que sea un régimen político familiar. Deberían estar en el poder como máximo diez años, como en China”, dice otro turista chino.

Una amistad bien complicada

Todavía en la Exhibición de la Amistad Internacional, donde no se pueden sacar fotos y tenemos que cubrir nuestros zapatos, las guías se esfuerzan por destacar las buenas relaciones entre Pyongyang y Pekín. Las paredes están llenas de fotografías tomadas entre los años 50 y 70 entre Kim Il-sung y revolucionarios chinos como Peng Dehuai, Zhou Enlai o Deng Xiaoping. Aunque también hay obsequios diplomáticos durante las últimas décadas (un bambú de color dorado entregado en 2008 por el hoy presidente, Xi Jinping, genera mucha atención), lo cierto es que los regalos son bastante más escasos a partir de los años 80. “Fíjate que en los últimos años casi nunca hay regalos oficiales del Gobierno chino: son casi todos de empresas”, dice una avispada turista china insinuando las mucho más difíciles relaciones que hoy atraviesan los dos países.

Dormimos en el hotel Yanggakdo, un enorme edificio de estilo soviético de 47 plantas aislado en una isla en el centro de la ciudad. El viaje organizado por Corea del Norte implica que no podemos separarnos del grupo y que en algunos lugares no está permitido sacar fotografías. Las guías se han quedado con nuestros pasaportes y por la noche no está permitido abandonar el hotel. “Hay que volver cuando el país se abra, ahora no podemos hacer nada”, se queja Wen Hui, un empresario a quien el cuerpo le pide un masaje o una visita a un karaoke.

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Casas residenciales y granjas, vistas desde el río Yalu, en la frontera con China. (Reuters)

Al día siguiente partimos de Pyongyang hacia la zona desmilitarizada en la frontera con Corea del Sur. En el autobús, nuestra guía aprovecha para acercar la historia de los dos países. Si la civilización china creció en las cercanías del río Amarillo hace 5.000 años (al menos según la exagerada versión oficial), los norcoreanos sitúan el surgimiento de su nación en la misma fecha en torno al río Taedong; la China de Mao vio la luz en octubre de 1949, mientras que la Corea de los Kim se fundó en septiembre de 1948; Pekín cuenta con la emblemática Plaza de Tiananmen, que en Pyongyang tiene su equivalente en la Plaza de Kim Il-sung. Para finalizar con este acercamiento histórico y cultural, nuestra guía no tiene reparos en cantar en el autobús una de las escenas de la película norcoreana La vendedora de flores, muy popular en la China de los años 70 y conocida por la mayoría de los turistas chinos.

Después de un par de horas de viaje por una amplia, desierta y accidentada carretera, nuestro autobús atraviesa la ciudad de Kaesong y llegamos a la última frontera de la Guerra Fría. A la entrada nos esperan dos grandes posters: en uno de ellos, un enorme dedo índice sobre la península coreana defiende la unificación del país; en el otro, dos entrañables niños simbolizan los lazos de sangre que unen al Norte y al Sur. Una vez que pasamos el control de seguridad, nuestro autobús cruza por una estrecha carretera con alambres de espino y llegamos a una de las casetas donde se firmó el armisticio de 1953. “Los soldados chinos combatieron valientemente en la Guerra de Corea. Nunca les olvidaremos”, dice un militar norcoreano con tono solemne.

Hermanos de sangre

El vínculo de los primeros años de la Guerra Fría es el recuerdo que todavía hoy une a los turistas chinos con el país vecino. En 1951, el ejército chino cruzó el río Yalu y entró en la Guerra de Corea, salvando en el último minuto lo que parecía una derrota inminente de las tropas de Kim Il-sung. En aquella época, los medios de comunicación chinos difundían a los cuatro vientos la necesidad de “ayudar a nuestros hermanos norcoreanos”. Ese sentimiento de hermandad, o al menos de haber luchado en el mismo bando en los años 50, todavía es identificable en los turistas chinos que se sacan fotos frente a los soldados norcoreanos que custodian el paralelo 38. “Incluso si no quiere, China tiene que proteger a Corea del Norte. En la Guerra de Corea, no se podía permitir que las tropas de Estados Unidos llegaran hasta la frontera”, dice el empresario Wen Hui.

Corea del Norte se convirtió en los años 60 en el país comunista más exitoso de Asia, superando a los capitalistas del Sur y con niveles de vida muy superiores a los de ChinaLos turistas chinos que hoy rozan los 60 años todavía recuerdan los numerosos lazos que en aquella época se crearon entre Pekín y Pyongyang. Gracias al rápido desarrollo económico de las primeras décadas, Corea del Norte se convirtió en los años 60 en el país comunista más exitoso de Asia, superando a los capitalistas del Sur y con niveles de vida muy superiores a los de China. Por aquel entonces Corea del Norte era el hermano rico y muchos chinos contemplaban con envidia a los sofisticados norcoreanos que visitaban su país. “En los años 70, cuando venía algún grupo de música desde Pyongyang para actuar en Pekín, les veíamos y todos vestían mejor que nosotros. Las mujeres hasta llevaban maquillaje y tacones, algo que para nosotras era impensable en aquella época… pero hoy es muy distinto”, explica la señora Liu.

China le ha dado hoy la vuelta a la tortilla y se ha convertido en el vecino rico (Corea del Sur todavía más), como muestran muy bien los integrantes de nuestro tour, formado por 37 personas de todas las edades provenientes de distintas regiones del país. Son las nuevas clases medias chinas: jóvenes universitarios, pequeños empresarios, profesores y funcionarios. Aunque nadie parece especialmente rico, casi todos pueden permitirse un smartphone, una cámara réflex y pagar los 2.800 yuanes (unos 340 euros) que cuestan los cuatro días de vacaciones en Corea del Norte (hongkoneses, taiwaneses, europeos y estadounidenses tienen que pagar más).

En el autobús de vuelta a Pyongyang, la actual desconexión entre la sociedad china y norcoreana es evidente. Los turistas revisan sus fotos sacadas con el teléfono móvil y los niños juegan con el iPad. Nuestra guía, mientras tanto, alaba las virtudes del comunismo y del sistema político de Corea del Norte. “Nosotros somos un país socialista con una economía planificada. El Gobierno se encarga de todo y nos ofrece comida, alojamiento, sanidad y educación. Y todo ello es gratis”, dice con orgullo. Aunque una de las palabras que más repite es “gratis”, el discurso no parece convencer demasiado a los chinos: de los siete turistas que se sientan a mi alrededor, cuatro se han quedado dormidos.

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Fuegos artificiales para celebrar el 61 aniversario del armisticio que acabó con la guerra. (Reuters)

“Nosotros antes estábamos también más o menos como Corea del Norte. Ese es el problema del socialismo, que hay que hacerlo todo juntos, y así uno no puede alcanzar su potencial”, dice más tarde Wen Hui, quien precisamente está de visita en el país asiático para explorar la posibilidad de que su agencia de viajes comience a ofrecer tours a Corea del Norte. Durante todo el trayecto, este empresario, que creció en los años 70 en las pobres zonas rurales de Chongqing, aleccionará a los turistas más jóvenes sobre la importancia de montar su propia empresa y de enriquecerse en la China contemporánea. Su apasionado discurso empresarial contrasta con lo que vemos en las calles de Pyongyang, donde es difícil encontrar una tienda en medio de los altos bloques de viviendas.

Se aconseja emprender reformas económicas

Los chinos tampoco tienen dudas de que lo que Corea del Norte necesita para progresar y desarrollarse es una buena dosis de reformas económicas al estilo chino. La expresión gaige kaifang, como se conoce en China al proceso de Reforma y Apertura iniciado por Deng Xiaoping a finales de los 70, será uno de los mantras durante todo el viaje, mientras que algunos intentarán ir más lejos en su promoción del modelo chino. “Nosotros ahora tenemos el sueño chino. ¿Que qué quiere decir? Sencillamente vivir mejor. Corea del Norte es muy pequeño, deberíais venir a China, nosotros ya nos hemos olvidado de las viejas ideas”, le dice un turista chino a nuestra guía.

Nadie parece dispuesto a sacrificar su iPhone por la igualitaria patria de los Kim

Al día siguiente, antes de poner rumbo de vuelta a Dandong, las guías nos llevan a una pequeña tienda para turistas en el centro de Pyongyang. Aunque no hay muchas opciones para gastar dinero, algunos compran té, tabaco, muñecas vestidas con los trajes tradicionales coreanos o camisetas de Pyongyang. Durante los cuatro días de viaje prácticamente no hemos tenido que sacar la cartera (el tour incluía alojamiento y comida en los mejores restaurantes de la capital), pero aun así los yuanes procedentes de los turistas chinos son una fuente importante de divisas para Corea del Norte. “Muchas gracias por vuestra contribución al desarrollo de la economía norcoreana”, dice nuestra guía.

En el camino de vuelta a China, los turistas miran por la ventana intentando no perder detalle de nuestras últimas horas en Corea del Norte. A finales de julio, el trayecto entre Pyongyang y Dandong está repleto de campos de arroz y maíz de color verde intenso. Las pequeñas ciudades que atravesamos están formadas por sencillos bloques de viviendas de entre cinco y diez plantas (no muy diferentes a los del interior de China), mientras que en el campo se pueden ver pequeñas e idénticas casas de color blanco. A pesar del desarrollo económico de las últimas décadas en el gigante asiático, para muchos chinos la pobreza en el campo es una realidad de la que todavía no se han olvidado. “En el campo están mejor que nosotros hoy en China. Aquí no hay diferencias entre ricos y pobres y sus casas están bastante bien. Son todas iguales, no como en China, que la gente construye de cualquier manera y en cualquier sitio”, explica una profesora de la provincia de Fujian. “Económicamente no están tan mal, a veces los medios occidentales sólo muestran lo malo, como a veces hacen con China, por eso tienes que venir a verlo con tus propios ojos”, dice una turista satisfecha.

A punto de volver a Dandong, los rascacielos al otro lado de la frontera se ven desde decenas de kilómetros dentro de Corea del Norte. La red de telefonía comienza a funcionar, y los teléfonos móviles empiezan a echar humo. Después de cuatro días sin internet, los turistas chinos se apresuran a subir las primeras fotos a las redes sociales y a hablar con sus familiares y amigos. La vuelta al pasado ha sido interesante durante unos días, pero nadie parece dispuesto a sacrificar su iPhone por la igualitaria patria de los Kim.

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Shaiapouf
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72 horas en el ‘escaparate norcoreano’: así es la vida en Pyongyang
Corea del Norte pretende convertir la capital en un escaparate de sus ‘logros’. Bajo su pulcra apariencia asoma la tiranía y la pobreza del régimen estalinista
DANIEL MÉNDEZ. PYONGYANG

Los norcoreanos no tienen muchos problemas para elegir vestuario por las mañanas. Los niños acuden a clase con camisas blancas y pantalones de color negro (faldas para las niñas); los funcionarios casi siempre visten de azul y gris, y los militares utilizan el tradicional verde caqui. En julio y agosto las precipitaciones son frecuentes en Pyongyang, así que es el momento de sacar las coloridas botas de goma del armario. Aun así, la sociedad norcoreana parece dividida en unos pocos uniformes.
El 27 de julio fue el aniversario del armisticio firmado en 1953 que supuso “la victoria” contra Corea del Sur. Las calles se llenaron de banderas nacionales y las mujeres se pusiero el tradicional traje coreano, que añade color a las filas de ciudadanos que rinden culto a Kim Il-sung y Kim Jong-il.
Como la mayoría de fiestas de Corea del Norte, la del 27 de julio también fue política. Por las avenidas de Pyongyang circularon furgonetas con grandes altavoces que proclaman la lucha “contra los imperialistas yanquis” y “la unificación de la península coreana”. En estos eventos las sesiones políticas obligatorias pasan a ser todavía más importantes y la televisión vive otro gran episodio de patriotismo y euforia que se puede sentir lejos de la capital. “Incluso en Sepo, que es un pastizal bastante miserable en el este del país, tienen una fiesta para celebrar la victoria. Es una gran fiesta nacional, y lo primero y más importante... es agradable tener un día de vacaciones”, explicaba Adam Catchart, profesor de la Universidad de Leeds y director de la página web SinoNK, especializada en Corea del Norte.

Muchos agradecen el respiro porque, entre otras cosas, llegar al trabajo es uno de los muchos quebraderos de cabeza a los que tienen que enfrentarse los ciudadanos de Pyongyang. Una de las escenas más típicas de la capital norcoreana es la de largas y ordenadas colas para subirse al autobús. Aunque en la actualidad es frecuente ver modernos coches por las calles, el transporte público todavía corre a cuenta de viejos tranvías y autobuses, muchos de ellos comprados de segunda mano en la antigua Alemania del Este, Praga y Zúrich. Estos vehículos suelen llevar estrellas rojas en el exterior y cada una de ellas equivale a 10.000 viajes. En el centro, junto al majestuoso arco de triunfo, uno de los autobuses que va repleto de pasajeros lleva consigo 37 estrellas.
Una vez en el trabajo, los norcoreanos no son precisamente los más estresados del mundo. Según la mayoría de expertos y los propios refugiados que han abandonado el país, gran parte de la industria está paralizada (entre otras cosas, por falta de electricidad) y los funcionarios se han convertido en expertos en calentar sillas. Todo el mundo, sin embargo, llega puntual a su puesto, que es el que determina las raciones de comida, la vivienda y la educación de toda la familia.

Mucho más ocupadas están las mujeres norcoreanas. Con sus maridos obligados a acudir a la oficina o la fábrica, son ellas las que se encargan de hacer uso de los cupones del Estado y sobre todo de comerciar en los mercados informales que se han extendido desde los años 90 por todo el país. Aunque la actividad se supone que es ilegal, en los últimos años el Estado parece haber asumido la situación. Actualmente, según los cálculos citados por el especialista Andrei Lankov, en torno al 75% de los ingresos de los norcoreanos proviene del sector privado. La mayoría se explica por la existencia de los denominados “mercados de ranas”, que reciben su nombre debido a los “saltos” que las mujeres dan de un sitio a otro a medida que aparece la policía.
Las mujeres norcoreanas no lo tienen mucho más fácil en el hogar. “Los hombres van al trabajo y luego vuelven a casa. ¿Y qué hacen después? Se sientan a ver la televisión. Las mujeres todavía tenemos que cocinar, lavar la ropa y limpiar la casa”, se queja una joven en Pyongyang. El problema no acaba ahí: los hombres también son grandes amantes del tabaco y el alcohol, y en los parques y a las puertas de los edificios las cervezas Taedonggang y los cigarrillos elaborados por la empresa Daesung son no sólo el pasatiempo masculino preferido, sino también el objeto más importante para conseguir favores.
En un día tan importante como fue el 27 de julio, Pyongyang ofrece su mejor cara. De hecho, la limpieza de las calles, el colorido de los vestidos tradicionales, las amplias avenidas, el frecuente tráfico de coches y los grandes bloques de viviendas dan una imagen del país muy distinta a la que uno se pudiera imaginar desde fuera. Algunas lámparas de la ciudad incluso funcionan con placas solares, un símbolo de modernidad que también se puede ver en las ventanas de las casas de Kaesong y en otras pequeñas ciudades norcoreanas.

El problema, sin embargo, es que la capital norcoreana está considerada como un escaparate de los más privilegiados y fieles al Gobierno. Pyongyang está rodeado por check-points militares que controlan la entrada y la salida. Casi todos están formados por pequeñas casetas custodiadas por un joven militar con un uniforme un par de tallas más grandes que él y una metralleta a la espalda. Por ahí solo pueden pasar los algo más de 3 millones de norcoreanos (de un total de 24) que cuentan con el privilegio de residir en la capital.
Incluso en el interior de las casas de la urbe, los ciudadanos se enfrentan a menudo con problemas de agua y electricidad. Aunque la situación parece haber mejorado en los últimos años, según el censo de 2008 sólo el 55% de los norcoreanos tenía acceso a un retrete con cisterna. En los gélidos y largos inviernos las casas no cuentan con calefacción, por lo que la solución pasa por irse a la cama con varias capas de ropa. Las duchas se toman en baños comunales y es frecuente hacerlo con agua fría, por lo que trabajar en las embajadas occidentales (donde sí hay agua caliente) es un privilegio muy ansiado por los funcionarios de Pyongyang, como explica en su libro John Everard, embajador del Reino Unido en Corea del Norte entre 2006 y 2008.

La electricidad es sin duda uno de los tesoros más preciados del país. El propio Kim Jong-un suele hacer proclamas sobre la necesidad de no desperdiciar ni un solo vatio. Aunque depende de la ciudad, los cortes de electricidad son frecuentes, y la luz abandona las calles de Pyongyang en cuanto cae la noche. Las placas solares en las viviendas parecen servir precisamente para aliviar este problema: aquellos que cuentan con dinero o pueden pasar a la frontera con China aprovechan para comprar este reciente objeto de lujo y aumentar la disponibilidad de vatios de su casa.
La electricidad también puede tener implicaciones políticas más peligrosas para las familias. Como cuenta John Everard, uno de los temores de los norcoreanos es que se vaya la luz mientras están viendo un DVD surcoreano. En estos casos, el DVD no se puede expulsar del interior del aparato, y una revisión por parte de la policía puede suponer la cárcel (o el pago de un generoso soborno para evitarla).

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Un policía norcoreano saluda en una intersección delante de un retrato de Kim Il-sung. (Reuters)

En los días señalados el Gobierno se encarga de que la electricidad y las luces funcionen a pleno rendimiento. Un pequeño parque de atracciones en el centro de Pyongyang, por ejemplo, abre al público y se pueden escuchar los gritos de júbilo de los niños. Además de ver la televisión y los DVD surcoreanos (la mayoría de ellos provenientes del contrabando con China), los norcoreanos son grandes amantes de los karaokes, los días en familia, acudir a conciertos y jugar al ajedrez. En los últimos años, para las familias más adineradas también se ha puesto de moda salir a cenar o incluso ir de vacaciones a la playa (a sitios como Nampo o Wonsan). Aun así, para la mayoría de la población hay pocas cosas que hacer un sábado por la noche, incluso en Pyongyang.

El uso de teléfonos móviles, antes prohibidos, es otra de las novedades de la vida en Corea del Norte. En mayo de 2013, el número de usuarios se había elevado hasta los dos millones, y por las avenidas de Pyongyang es hoy frecuente ver a gente paseando y mandando mensajes de texto. Se trata de móviles sencillos (al estilo de los antiguos Nokia) y vigilados por el Gobierno, pero que se han convertido en una muestra de estatus social. Acceder a internet es todavía más difícil, ya que sólo está al alcance de los altos funcionarios y de unos pocos estudiantes (incluso en estos casos, se trata de un acceso restringido). En el hotel Yanggakdo, donde se alojó este periodista durante tres días, enviar un solo email desde el ordenador de recepción (utilizando Outlook Express) costaba cerca de un euro (recibir emails no estaba permitido).
De vez en cuando, en el campo también se pueden ver móviles, pero la situación es mucho más dura que en la capital. A lo largo de la vía férrea que une China con Pyongyang, así como en la carretera que lleva hasta Kaesong, es frecuente encontrarse a niños jugando en los charcos y a mujeres lavando la ropa en los ríos. Los coches (sobre todo 4X4, para poder moverse por los caminos de tierra) son escasos y los únicos autobuses que se ven son los de los turistas. La comida por excelencia es el arroz y el kimchi, normalmente acompañados con alguna verdura y sólo en días muy excepcionales con carne. Los campesinos trabajan en granjas colectivas organizadas por el Estado, que todavía hoy produce en torno al 85%-90% de los cereales (según las estimaciones de Andrei Lankov).
El 27 de julio, sin embargo, nadie parecía querer pensar en las dificultades de la vida diaria. Los estadios y centros culturales organizaron conciertos para celebrar la efeméride, y al atardecer la plaza de Kim Il-sung, en el centro de la ciudad, estuvo a rebosar con cientos de personas que acudieron allí para acabar el día. Por la noche, el espectáculo finalizó con fuegos artificiales. Al fin y al cabo, era un día de fiesta en Pyongyang.


Leer más: Corea del Norte: 72 horas en el ‘escaparate norcoreano’: así es la vida en Pyongyang. Noticias de Mundo http://www.elconfidencial.com/mundo/201 ... 6oe6dKwTVd
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