Las personas que están muy politizadas, aquellas que parece que la política va todo con ellas, sean de una parte u otra, y especialmente las situadas en los extremos, quizás por su escasez de democracia, ni personal ni de partido, no aceptan ninguna crítica sobre la agrupación de su preferencia o el de aquellas otras de su honda, y eso lo he vivido en mis carnes, tanto de los extremistas de la derecha, el nuevo fascismo español llamado Vox, o de los adictos a la casi desaparecida Podemos. Libre como soy para ejercer la crítica, los insultos me han llovido de unos y otros, pero, afortunadamente, poseo un excelente paraguas que me resguarda tanto del sirimiri como del fuerte chaparrón.
Y ese paraguas no es otro de mi convencimiento de que habiendo días enteros no hay que hacerle caso alguno a los mediodías, o, como bien dice la famosa frase, que se le endosa a don Quijote pero al parecer no figura en ella, de “ladran, luego cabalgamos”.
Mi repugnancia hacia el fascismo ya lo he manifestado tan claramente y tantas veces que no lo voy a repetir, hemos tenido en mi familia la crueldad del asesinato de mi abuelo, un hombre bueno, fusilado por el odio falangista de los años 30.
Y si bien no tengo repugnancia alguna hacia el comunismo, ya que en alguna etapa juvenil lo aceptaba ignorando su verdadera esencia, e, incluso admirando a personajes comunistas como Pasionaria a nivel español, el neo comunismo de Pablo Iglesias lo he criticado con dureza, y por ello he recibido insultos e improperios que no vale la pena repetir ni recordar ya que no han hecho mella en mí.
Pero sí diré, de nuevo aquí, el gran desengaño que de este personaje, Pablo Iglesias, un bocachanclas, prepotente, engreído y provocador, han recibido millones de españoles, seguramente gente joven, que lo aupó al máximo, y él no supo corresponder.
Cuando Pedro Sánchez lo necesito y le entregó el cargo de vicepresidente del gobierno, cargo muy digno que debió llevar mejor, ya dije que el socialista se pegaba un tiro al pié, que Iglesias no era hombre de gobierno, que él, donde se mueve como pez en el agua, es en la algarada, en la pancarta, el megáfono, pero no en los despachos donde hay que gobernar para tanta gente, tantos deseos, tantas ambiciones, tantas ideas como contiene una sociedad viva, activa, como la española, no sabe cómo hacerlo. Esa idea chulesca que le ha llevado a ser abandonado de los millones de votantes, o de los mismos compañeros fundadores de su partido al amparo de los indignados, de “tomar el cielo por asalto”, lo ha hundido. Ese tono guerracivilista, nadie lo desea en España, no hace ninguna falta, y sí se puede gobernar en busca de alcanzar mejoras hacia la parte más débil producto del liberalismo o capitalismo. Y sí es posible ir legislando en ese sentido, pero con “sentido” común, con perseverancia pero con serenidad; las prisas nunca han sido buenas consejeras... Iglesias se vio como niño con zapatos nuevos en su nuevo y alto cargo y creyó que todo lo arreglaría él pues era el mejor, y lo que “arregló”, según yo lo veo y para la desgracia de España, es hacer que la ultra derecha abandonara su lugar de hibernación y saliera a la calle, multiplicándose y engañando sí, pero usando el mismo método de engaño que hizo Iglesias… Esperemos que la sociedad española, al igual que le dio la patada en el trasero al podemita, y no me cuesta nada decir que lo he sentido pues él debió ser más prudente y efectivo, lo haga y con mayor fuerza y cuanto antes mejor, al fascista Abascal.
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